Tuve el honor de recibir en casa a varios amigos para celebrar el compromiso del más joven de todos. Mi esposa preparó una magnífica recepción, con muchos detalles en la mesa. El menú estuvo espectacular; además de impreso, cada plato estaba inspirado en la cocina italiana y contaba con el maridaje perfecto. Allí estábamos 14 personas, todos cómplices de la celebración y con el augurio sincero en nuestras caras.
Una gala como esta necesita de un brindis para empezar, y un brindis necesita de unas palabras que le den consecuencia. Como anfitrión, esa era mi responsabilidad y la asumí con determinación.
Desafortunadamente, la voluntad no vino acompañada de reflexión previa y, como resultado, ni siquiera hablé, apenas balbuceé. Empecé bien: agradecí el honor y la oportunidad de recibir a tan selecta representación para celebrar un momento tan importante en la vida de nuestros amigos más jóvenes; lo usual en estas ocasiones, nada original. Pero hasta allí llegó la articulación; intenté destacar lo importante de cuidar el crecimiento del uno y del otro; sin embargo, estoy seguro de que no fue eso lo que se entendió.
Intervino el chef, otro gran amigo, quien brillantemente hizo una metáfora vinculando el matrimonio con una preparación culinaria. “Hay que planificar para conseguir un buen resultado y, a veces, ni con eso se consigue el éxito y, por tanto, se debe empezar otra vez, siempre en equipo…” o algo así.
Después escuchamos las historias de los novios y los detalles de su compromiso. Reímos, comimos, hablamos, disfrutamos la velada y nos despedimos.
Al cepillarme los dientes frente al espejo, sentí una bofetada intelectual. ¿Qué carajos hice? Las caras de todos se me repitieron, con cejas levantadas y miradas de juicio. Vaya realización, vaya papelón.
Los novios no se merecían semejante despliegue. Los amigos estarán desencantados de sus probables expectativas, sobre infladas por mi supuesta reputación de intelectualidad ligada a la lectura constante. Estuve muy por debajo de la ocasión.
Vivo en la búsqueda constante de la elocuencia y, cuanto más leo y reflexiono, menos capaz me siento de hablar. Han pasado cuatro días y la escena se repite y, como director de la película, soy quien pide corte y reclama al actor por tan baja interpretación.
Así que aquí estoy, con la necesidad de escribir esta diatriba verborrágica y lapidaria con el fin de encontrar una salida a la tortura del recuerdo. La próxima vez, sin importar la premura, he de reflexionar un par de minutos antes de abrir la boca pensando que estoy en capacidad de deslumbrar a los demás con mi arenga. He profanado la ocasión.
Charlatanería y despropósito. Soberbia pura: pretender improvisar. ¿Quién te crees?
Pocas veces un discurso improvisado alcanza la elocuencia.

Crónica de un naufragio verbal
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