Sin Concesiones

Frente a frente con sus pistolas sobre la mesa; cuando uno acariciaba la empuñadura de su arma el otro respondía con la misma atención. Ambas manos sobre el mesón y una conversación que se transfiguraba en monólogo. Era lo más importante para él así que varias veces había intentado dejarlo para no enfrentar la más mínima posibilidad de perderlo. Pero odiaba tanto permanecer en ese lugar, en esa posición, que la simple idea de corresponder al deseo de irse le hacían quedarse.
– Si no es gentileza es obligación y lo sabes.
– La verdadera gentileza viene del sacrificio.
– Yo no necesito ser gentil, no hay ningún mérito; así que déjese de cumplidos. ¡Es mi obligación!
– No se hace por el bienestar de nadie ni porque se espere alguna inmunda satisfacción en la conciencia.
– Es una obligación, estoy forzado a hacerlo. Basta ya de alabanzas. Es más, me repugna la sola idea de pensar en ello, pero ya está; mejor me voy.
– Si se va, usted consigue lo que quiere sin que yo se lo haya concedido; y si yo no se lo he concedido, usted y todos ellos no han ganado.
– Usurpadores, eso es lo que son.
– Y además de todo, están molestos.
– ¡Ustedes están molestos! Lo noto en tu sonrisa que no parece fingida.
Se tomaba la cabeza con las manos en gesto de decepción y después vacilaba a tomar el arma una vez más. La vacilación se consumó y apuntó con firmeza el arma a su cabeza; y como respuesta, el apuntó a la suya.
– No tienes las pelotas para hacerlo y no vas a hacerlo.
– ¿Prefieres esperar hasta el final para tener un final inesperado?
– ¿Qué sería inesperado, que tú dispares primero o que lo haga yo?
Al unísono ambos bajaron las armas; sin embargo, el duelo estaba más presente que nunca. Los ojos iban y venían desde sus ojos a sus armas. El diálogo se hizo reflexivo y sin palabras, como si con la mirada se entendieran y se contestaran. Pero, las diferencias se acentuaban y el odio hacia lo que veía de él en el otro crecía a manera de determinación. El ataque era perentorio y ya solo era cuestión de tiempo para que el ruido y el fuego ayudaran a sellar la partida. El monólogo introspectivo continuaba con reproches y afirmaciones, sin concesiones ni acuerdos. El sudor se hizo presente y resbalaba como se escurría su delirio. Finalmente, la claridad se reveló con luces y verdades y con el impulso de una realización empuño su arma con fuerza y le disparó.
– ¡Maldito seas hombre del espejo!


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